Decía Joaquín Sabina en una vieja canción:

“yo para ver contigo me alquiló una de romanos”

Pues hablemos en esta ocasión de una (s) de vikingos. Aunque probablemente no exista un cine de “vikingos” como tal, a diferencia de lo que sucedería con otros géneros consagrados del séptimo arte tales como un cine del oeste, bélico o péplum por poner unos ejemplos. Si podemos decir existen una serie de películas aisladas a lo largo de los años, aunque no las suficientes para crear aquello que conocemos como un “género”. De hecho por mucho que uno trate de recordar no vienen a la memoria ni diez títulos que versen sobre el tema, probablemente haya más, pero no un número mucho mayor.

La primera muestra de este cine de la que tengo constancia es una cinta de serie B, dirigida por el mister Roger Corman, quien en 1957 dirigió “Las mujeres vikingas y la serpiente del mar”, un filme bastante pobre en todos los sentidos, basta ver la susodicha serpiente marina en el mar para hacerse una idea de lo que nos vamos a encontrar.

Al año siguiente llegaría “Los vikingos” de Richard Fleischer una magnífica película con un trío de grandes actores Kirk Douglas, Tony Curtis y Ernest Borgnine curiosamente todos ellos vivos medio siglo después, es probablemente la película más conocida y se ha pasado en numerosas ocasiones por la televisión, por desgracia la cinta no creo escuela. Un lustro después en 1963 llegaría “Los invasores” dirigida por Jack Cardiff que había trabajado con Richard Fleischer en la antes mencionada “Los vikingos”. El resultado me atrevería a calificarlo como “Kitsch” no sólo por los decorados pintados con colores chillones, (véanse las cúpulas de las mezquitas), sino incluso por la vestimenta, por las pelucas imposibles o por el propio argumento bastante delirante y carente de toda lógica.

Con el recientemente fallecido Richard Widmark como protagonista principal en el papel de un pícaro vikingo perseguido por el infortunio y un Sidney Poitier como imposible príncipe musulmán, que en ocasiones por su peinado me recuerda a James Brown.

El argumento es una especie de “Jasón y los argonautas” pero trasladado a la época de los vikingos y mezclándolo con el mundo árabe, decorados exóticos e instrumentos de tortura originales, (véase el caballo de hierro y la alfombra que corona su caída) sólo que aquí buscan una legendaria campana de oro macizo. El caso es que siendo una cinta de aventuras con sus batallas, por supuesto algunos clichés del mundo vikingo como los bacanales de mujeres y cerveza, las invocaciones a Odín, la niebla en el mar o los naufragios. Hay determinados momentos en que se hace gala de un digamos de un extraño sentido del humor. Como calificar si no la escena en que los vikingos tras escapar de sus carceleros árabes que los retienen en el palacio, se topan con un harem de mujeres y son incapaces de resistirse a tamaña tentación. Una escena delirante más propia de una cinta cómica. Desde luego es curiosa de ver.

Después hay un par de películas en los ochenta que tocan la temática “Ofelas” (1987) una cinta noruega de la que el año pasado se realizo (cómo no) un remake conocido por estos lares como “El guía del desfiladero” que era bastante mala, aunque tenía la gracia de situar la acción en América. También en 1989 los Monty Python hicieron una “comedia” con los vikingos de protagonistas, pero que no he tenido el placer de ver. Media docena de filmes y sin embargo los vikingos, no son algo tan ajeno.

Supongo que en parte se debe a una de esas series de dibujos animados con la que crecimos los de mi generación, por supuesto me refiero a Vickie el vikingo, el inteligente jovenzuelo que siempre sacaba a sus compañeros de aventuras de las situaciones más complicadas, con un de sus brillantes ideas.

Pero la cinta central de este post, no es otra que “El guerrero número 13” (1999) una cinta maltratada por gran parte de la crítica, a excepción de algunos críticos salidos especialmente del “Dirigido por” con Antonio José Navarro a la cabeza del grupo de acérrimos defensores de la obra de McTiernan. En esta ocasión sin duda coincido con la crítica que en su día hizo en el nº 283 de la mencionada revista. Puede que no sea una obra maestra pero no está demasiado lejos de alcanzar ese status. He de decir que tampoco gozo de excesivo favor del público, recuerdo que me había leído hacía pocos meses el libro “Devoradores de cadáveres” y cuando vi que habían hecho una adaptación al cine, a pesar de lo poco que me gusta el señor Banderas, no lo dude, me fui al cine. Era la primera semana en cartel y éramos seis personas en toda la sala, con lo que imagino que la recaudación en España no fue demasiado significativa. Basada en una novela de Michael Crichton, que muy listo el hizo una mezcla de diversas fuentes para elaborar su obra se baso en la crónica parcial pero real de Ahmed Ibn-Fadlan que viajó en el año 921 a tierras de los vikingos. En el mito de “Beowulf” y añadió unas gotas de esa “historia ficción”, según la cual los malos de la función no serían otra cosa que uno de los últimos reductos de los hombres de Neanderthal. “Devoradores de cadáveres” título que en todas las ediciones del siglo XXI, ha quedado reducido a poco más que un subtítulo en letra pequeña, frente al título cinematográfico, que ostenta todos los honores. Así están las típicas concesiones hollywoodienses, el romance Ahmed Ibn-Fahlan mujer vikinga que en la novela no aparece aunque tampoco sea un lastre excesivo.
Hay otros cambios entre la novela y la película que no sabemos si son tales o son fruto de las grandes discrepancias que se produjeron entre el director John McTiernan, capaz de lo mejor (La jungla de cristal, Depredador) y también de lo peor (Rollerball) y el escritor de la novela Michael Critchon que además también es director ocasional y tiene en su haber unas cuantas películas. El caso es que la cinta se concluyo en 1997 y sin embargo su estreno se produjo dos años después, cuando Critchon vio la versión de McTiernan le pareció una película demasiado oscura y violenta, que había dejado de lado algunos aspectos que a él, le interesaba más resaltar como la amistad o la multiculturalidad. Resultado coge todo lo rodado y remonta la película a su gusto. Por lo visto el metraje original era unos veinte minutos mayor. Decir que a Antonio Banderas le gusta más esta versión “light”. Nosotros no podemos opinar porque no vimos el montaje original, pero puestos a apostar lo haría por la versión primigenia o inédita. No me extrañaría que McTiernan hubiese rodado por ejemplo, el ritual de entierro vikingo en toda su crudeza como aparece en la novela y que al señor Crichton parece habérsele olvidado. Claro que todo esto son especulaciones. Eso sí tengo la esperanza ahora que esta tan de moda, que algún día salga un “Director´s cut”, con esa versión más oscura.

Si nos centramos en la película que se estreno en los cines. A pesar de los remontajes, de la misteriosa desaparición de algún personaje como el hijo del rey vikingo Hrothgar a quien acuden a ayudar, de un par de escenas un tanto ridículas “los saltitos de caballo”, “la transformación de la espada” y de ese rímel que luce Antonio Banderas no se a cuento de qué.

Pero he de confesar que el conjunto es más que satisfactorio. Hay una escena que ha sido muy criticada cuando Banderas aprende el idioma nórdico en sólo unas semanas de convivencia con los vikingos. Por supuesto en la novela las cosas no suceden así, pero desde el punto de vista cinematográfico era necesario para agilizar el ritmo, sería muy aburrido estar todo el rato con un traductor, por tanto es comprensible la opción escogida por el director.
Entre las virtudes de la cinta que no son pocas, el espíritu clásico estilo “Los siete samuráis” con un grupo reducido enfrentado a un enemigo real que los supera, pero aquí se añade el aliciente de que ese peligro es a la vez indefinido, no saben muy bien a que se enfrentan, en este sentido es magnífico el momento en que Banderas en la segunda de las batallas mata a uno de los “wendol” y al retirar la piel de oso descubre la verdad y queda anodado repitiendo es un hombre. Es de agradecer que no existan miles de extras, ni efectos especiales. Basta con unos preciosos paisajes y cuando se quiere conseguir una atmósfera oscura, pagana sólo hay que internarse en los neblinosos bosques nórdicos. Porque el ambiente es un elemento básico, físico que se palpa. La llegada de la niebla y de la noche anticipa siempre el combate, dos de las batallas se celebran en plena noche y la tercera bajo la lluvia. Tres batallas muy distintas, la primera en un espacio cerrado claustrofóbico, una especie de estancias donde por primera y última vez combatirán los trece en su totalidad contra ese misterioso enemigo.

Posicionándose en un círculo protector esperan en un ambiente tenso, para una primera batalla rodada cámara en mano con un cierto de grado de confusión debido a la propia oscuridad y con una escena de decapitación realmente cruda. La segunda batalla emplea ya un mayor número de persona de nuevo es de noche pero a la luz de las antorchas y con el uso de más recursos travellings se convierte en una pequeña orgía de violencia, sangre y barro. Es justo antes del tercer y último combate cuando la cinta alcanza cotas épicas con la preciosa oración de los vikingos.

Un combate rodado bajo la lluvia y al más puro estilo Sam Peckinpah con ralentí y coronado con la escena final de un Buliwyf sentado en una especie de trono con su espada empapada en sangre.

Con una galería de secundarios desconocidos pero que bordan su papel como nórdicos de ese siglo X, desde Buliwyf al astuto Herger protagonista de un bonito duelo vikingo. Dos clásicos del siglo XX.