A cualquiera que haya visto Tiburón (1975) es muy posible que se le quedase en mente, uno de los mejores diálogos de la película, la terrible historia que un determinado momento Robert Shaw (capitán Quint) les cuenta a sus compañeros de embarcación. Si, aquella historia del ataque de unos tiburones a los supervivientes del USS Indianápolis, pues lo que narra Quint no se trataba de una vieja leyenda marinera, aderezada con partes de ficción, sino que eran unos hechos pero que muy reales.

Nuestra historia podríamos iniciarla en julio de 1945, cuando el poderos buque Indianápolis, capitaneado por Charles McVay III, partió de Estados Unidos en una misión secreta, que podemos decir que se saldo con un éxito rotundo. El barco traslado hasta una lejana isla del Pacífico, de nombre Tinian una misteriosa carga que acabaría en un bombardero de nombre: Enola Gay. Efectivamente llevada componentes de la bomba atómica conocida como "Little Boy", principalmente el uranio 235, que poco después se lanzaría sobre Hiroshima. Una vez cumplida su misión el Indianápolis se dirigió hacia las Filipinas, para encontrarse allí con el USS Idaho y realizar tareas de entrenamiento previas a la invasión de Japón. Quizás se trate de una cierta justicia poética que un barco portador de "muerte", tuviese el final que la Historia le tenía reservado al USS Indianápolis. Es cierto que a finales de julio de 1945 los submarinos japoneses habían sido ampliamente mermados, pese a ello el capitán americano solicitó una flotilla de acompañamiento en su periplo hacía las Filipinas, sin embargo el alto mando estadounidense se lo negó, y le dio instrucciones de navegar en zig zag como medida de precaución. El capitán Mc Vay, así lo hizo hasta la tarde del 30 de julio, a partir de ese momento, el capitán prefirió ahorrar tiempo en la navegación y decidió navegar en línea recta.

Cuando el capitán Motchitsura Hashimoto al mando del submarino I-58, avistó al Indianápolis, ofreciendo tantas facilidades, no lo dudo, Pasaban pocos minutos de la medianoche el 30 de julio, los japoneses lanzaron tres torpedos, con una eficacia máxima, así por ejemplo la sala de radio quedo completamente destruida y no se pudo mandar ni un SOS, poco más de quince minutos tardo en hundirse el buque de 10258 toneladas, con 1196 tripulantes a bordo, como consecuencia de las explosiones murieron aproximadamente unos 300 marineros, es decir que en un primer momento consiguieron sobrevivir al ataque casi 900 hombres, los más afortunados en algunas lanchas de goma, y una gran mayoría salvados con sus chalecos, y apoyándose en los restos del naufragio ya fuesen tablones o cualquier otro objeto flotante. Aquí conviene recordar que una de las directivas imperiales que tenían los comandantes de los submarinos japoneses era que podían disponer a voluntad y criterio si dejaban con vida o eliminaban a los supervivientes de los hundimientos enemigos. Sin embargo el capitán Hashimoto prefirió no ametrallar a los supervivientes y se conformó con el hundimiento del buque. Así transcurrió aquella primera noche, entre la angustia de haber sufrido un ataque y la esperanza de que con la llegada del día vendrían los equipos de rescate. Sin embargo la llegada del amanecer lo que trajo fue una desagradable sorpresa, la llegada de los primeros tiburones tigre que empezaron una carnicería. Pero lo peor estaba por llegar y es que nadie acudió al rescate a lo largo de todo el día y de nuevo llegó la noche. Y está situación se repitió por espacio de cinco días. Lo más increíble de todo es que el ejército más poderoso del mundo ni siquiera tenía idea de que el USS Indianápolis había sido hundido. Un inexplicable error de coordinación provocó que las distintas secciones encargadas de hacer el seguimiento de los barcos de guerra, creyeran que era otra sección, la que debía hacerse cargo del seguimiento del USS Indianápolis, por lo que nadie echo en falta las comunicaciones de radio del buque.


Sería injusto achacar la gran cantidad de muertos sólo a los tiburones, estos causaron un buen número de bajas con sus ataques intermitentes además del terror psicológico que debían provocar, pero eran sólo una más de las adversidades a las que se vieron enfrentados los supervivientes, sin gota de agua la sed se convirtió en un vía crucis, algunos consiguieron sobrevivir bebiendo su propia orina, otros pequeños tragos de agua de mar, pero aquellos que bebían agua de mar en exceso lo pagaban caro. Por si esto fuera poco estaba el sol del trópico que provocó quemaduras e incluso muertos. Los heridos que pocas posibilidades de recuperación tenían en esas condiciones, la hipotermia y el hambre. Todo esto configuraba una situación como mínimo desesperante pasaban las horas, los días y no aparecía nadie para rescatarlos. Cinco días después del hundimiento y por casualidad un avión estadounidense en una rutinaria misión de reconocimiento descubrió a los náufragos. A partir de aquí se iniciaron las tareas de rescate, se recogieron 321 supervivientes de los cuáles cuatro fallecieron enseguida, con lo cual la cifra de muertos total fue de 879, casi 500 marineros fallecieron por no haber sido rescatados a tiempo.

Una historia como está no podía escaparse sin su película aunque lejos de ser una fastuosa obra hollywoodiense, se facturó una cinta para la televisión alla por el año 1991, eso sí, con un título sin desperdicio "Mission of the shark" y con un par de protagonistas bastante conocidos como capitán Mac Vay (Stacy Keach) y como uno de los oficiales supervivientes nuestro (David Caruso) conocido sobretodo por su papel de Horatio, en CSI Miami.

Pero la historia no acaba aquí, quien quiera conocer más detalles existe un libro bastante bueno llamado "In harm´s way" del año 2001 de Doug Stanton que además de recoger los hechos hasta aquí resumidos de manera más amplia y detallada, trata con bastante profundidad todo el tema posterior al rescate.

Básicamente el destino al que se tuvo que enfrentar el capitán McVay, que si bien sobrevivió al desastre, tuvo que enfrentarse a un consejo de guerra, acusado de no haber tomado las precauciones necesarias para evitar el ataque submarino. Acusándosele además de no haber organizado correctamente la evacuación del barco. MvVay se convirtió así en el único capitán de la Armada estadounidense juzgado por un tribunal de guerra con la acusación firme de haber perdido su barco. Al juicio incluso acudieron a declarar el propio comandante japones Motchitsura Hashimoto y algunos expertos, sin embargo la armada estadounidense no admitió ningún error por su parte y volcó todas las culpas en la figura de McVay y en su decisión de dejar de navegar en zig zag. El resultado es que el capitán McVay pese a su excelente hoja de servicios fue condenado y nunca más capitanearía ningún barco, poco importaba que hubiese entregado los componentes de la bomba atómica en un tiempo récord, y sus 30 años de servicio en la marina, alguien debía pagar los platos rotos como se suele decir. A apartir de ese momento miembros de la tripulación se organizaron y reunieron periódicamente para tratar de limpiar el nombre de McVay, pero todo fue en vano. Hasta que a finales de los noventa un joven estudiante de Pensacola Florida, de nombre Scott Hunter se involucró en un proyecto de investigación y junto con los 154 supervivientes que aún quedaban del USS Indianápolis consiguieron que el Congreso americano aprobará el 12 de octubre del 2000 una enmienda de exoneración del capitán McVay, restaurando su buen nombre y recomendando citas para todos y cada uno de los marineros del buque.

Sin embargo como suele ser habitual, esta reparación llegó tarde para el principal protagonista McVay que incapaz de superar el trauma al que se habia visto sometido, se suicido en 1968 de un disparo en la cabeza. He aquí una historia bastante dramática de principio a fin.