En todo viaje ha de haber una anécdota o historia cuando menos curiosa y esta sucedió el tercer de camino por la mañana, después de pasar la noche en un pequeño pueblo de Burgos, de nombre Olmillos de Sasamón, reemprendimos el viaje en nuestro viejo Seat Ibiza, cedido hace años por mi padre.

En el viaje planificado por Nur, la siguiente parada era un pequeño pueblo al poco de entrar en León, su nombre Grajal de Campos. Nada más entrar en el pueblo por la carretera de Sahagún vislumbramos nuestro objetivo, un castillo de dimensiones bastante considerables, y con una estructura bastante simple de planta cuadrangular con sus cuatro torreones en las esquinas.


A primera vista hay una serie de detalles que llaman la atención, el primero sin duda que semejante fortaleza se encuentre en un estado de semi abandono, otro elemento es que desde una de las almenas se distingue a la perfección una oxidada pieza de artillería que además apunta directamente al pueblo. Después de recorrer el perímetro del castillo, descubrimos que unicamente hay una pequeña puerta de acceso al mismo, pero allí no hay nadie y una verja de hierro y un candado nos impiden acceder al interior, donde es fácil intuir que la vegetación salvaje campa a sus anchas.

Tras la decepción por no poder visitar el interior, nos decidimos a caminar unas docenas de metros y llegamos a la "Plaza El Conde". Allí se encuentran pared con pared una casa Palacio de amplías dimensiones y una iglesia. Intrépidos nos dirigimos hacia una puerta de madera que se ve abierta y que da acceso al palacio. A su lado un cartel del ministerio de fomento nos indica que el palacio se encuentra en restauración con un presupuesto de 210.345 euros.

Traspasada la puerta nos encontramos con un hombre mayor vestido con un mono azul, al cual evidentemente tomamos por un obrero. Tras los buenos días de rigor nuestra pregunta es obvia. ¿Se puede visitar el palacio? El anciano nos comenta que las chicas que envía la diputación, hacen fiesta hoy. La mala suerte parece acompañarnos primero nos quedamos sin ver el castillo y ahora el palacio. Quizás nuestras caras de decepción u otro motivo desconocido, llevan al hombre de azul a presentarse formalmente.
"Soy Francisco Espinosa alcalde de Grajal de Campos". Supongo que estupefacción sería lo que reflejaban nuestros rostros, pero apenas sin tiempo el hombre se ofrece a enseñarnos el edificio. Lo que sigue hora y media en la que el buen alcalde nos muestra la construcción y acompaña la visita con historias, recuerdos y relatos de su pueblo y esos últimos acontecimientos que han llevado a este pequeño pueblo a los diarios y a programas televisivos como "Gente".


(Continuará)